Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. (1 Corintios 10:23 RVR1960)

En estos días me sucedió que tenía un apetito atroz y me sentía indecisa si tomar merienda saludable (frutas-yogurt-almendras), o por el contrario, ingerir alimentos que aportan muy pocos nutrientes a mi organismo, y además me engordan.

La merienda poco saludable se veía más apetitosa que la saludable.  Generalmente nuestros ojos se inclinan más por aquello que nosotros sabemos que aportan pocos nutrientes (mejor sabor, más variedad, más accesible, menos tiempo de preparación).

Qué pasa cuando comes, desayunas, almuerzas y cenas de forma saludable?  Tu organismo te lo agradece al día siguiente; te sientes bien físicamente.  Inclusive, con más energía que si comieras de manera desordenada.

Por qué ocurre esto?  Porque estás ingiriendo alimentos que sí aportan los nutrientes necesarios que necesita tu cuerpo cada día.

Ahora bien,  si nos vamos al versículo que acabamos de leer, podemos ver que podemos hacer de todo, pero que no todo me conviene, y no todo me edifica.

En nuestra vida diaria se nos presentan oportunidades, situaciones.  Se abren puertas ante nuestros ojos, que a primera vista las vemos como «oportunidades únicas», que no podrán repetirse y hay que aprovecharlas de inmediato.

En momentos que sentimos que la adrenalina nos sale por los poros, o por el contrario, en tiempos que una tristeza profunda nos arropa, no es aconsejable tomar decisiones importantes.

Todo tiene un tiempo, un lugar, una hora, un espacio, una temporada, donde Dios abre puertas que nadie puede cerrar y donde El mismo cierra puertas que nadie puede abrir.

Muchas veces confundimos las oportunidades que se iluminan ante nuestros ojos;  afirmamos que «son de Dios», porque has estado orando por ello o porque una palabra profética llegó a tus oídos.    Primero debemos asegurarnos que fue el mismo Señor que abrió esa puerta.

¿Cómo lo sabemos?  En primer lugar, el Señor prepara nuestro corazón y nuestra mente para eso que vamos a recibir.  Hemos estado en un período preparatorio o de formación donde El moldea nuestro carácter y nuestro espíritu con el suyo.

¿Por qué?  Porque de no ser así, el orgullo invadiría todo nuestro ser y no podríamos ser portadores de Su gloria; no seríamos instrumentos útiles en sus Manos.  Estaríamos contaminados por ese mal tan dañino que ha tratado de opacar  la labor de nuestro Señor desde antes de la creación del hombre (el orgullo).

Cuando estás preparado para recibir esa bendición, esa promoción, esa nueva posición, ese esposo por el cual tanto tiempo has orado……  En tu interior ya no sientes la obsesión desenfrenada por presionar para que las cosas sucedan.  Sino, que tu espíritu, tus ojos y tu corazón solo anhelan contemplar la grandeza del Señor, darle gracias por todo y dejar que las cosas sucedan en su Soberana voluntad.

Este es el momento donde Dios ve tu motivación, que no es la competencia, ni la vanagloria, ni el orgullo…..  Pues cuando El está entronado en nuestras vidas nada ni nadie podrá sustituir ni opacar el lugar de El en nuestro corazón.

Cuando Dios abre puertas para ti nadie las puede cerrar y cuando El cierra puertas delante de ti, nadie las puede abrir.

NO TODO TE EDIFICA!

Nadia Sahad

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